Basílica de Santa Maria del Fiore

Después de pasar fugazmente por la iglesia de Santa Maria Novella, continuamos por la via dei Branchi en dirección a uno de los lugares más importantes de Florencia: la basílica de Santa Maria del Fiore. Comenzó a construirse a finales del siglo XIII, en pleno apogeo de la ciudad, con gran presencia en el mundo en aquel momento. Para ello se escogió la ubicación de otro templo, que estaba en un estado muy precario, y el poder económico de la ciudad y las ganas de superar a las ciudades vecinas Pisa y Siena hicieron el resto. Cuando se construyó pasó a ser la mayor catedral de Europa, aunque actualmente está en el quinto lugar.

Se podría hablar largo y tendido sobre esta basílica y el conjunto en el que se enmarca en la Piazza del Duomo desde un punto de vista artístico: de la impresionante cúpula de Brunelleschi, que se eleva hasta casi 115 metros, que contiene más de 4 millones de ladrillos y a la que se puede subir por 8€; de su fachada, de un mármol resplandeciente en tres colores (blanco, verde y rosado) donde se encuentran además numerosos detalles arquitectónicos que merecerían pararse en detalle, como los rosetones o esculturas; del baptisterio de san Juan y sus Puertas del Paraíso (aunque las que se vean sean una réplica); o del elegante campanario que se alza sobre la ciudad. Pero esa es una titánica tarea que se escapa de los objetivos (y habilidades) de este blog.

Baste decir que el conjunto arquitectónico que se aprecia en la Piazza del Duomo es impresionante, una de esas obras de arquitectura de la humanidad que merece la pena ser preservada a través de los siglos. Y eso es algo que la gente aprecia, desde todas las partes del mundo. Oleadas de personas andan por la plaza, que es un hervidero de gente entrando y saliendo de la basílica, tomando fotos, apostándose delante de las puertas del baptisterio, comprando regalos en los puestos que hay en la plaza…

Es una pena no poder disfrutar con un poco más de tranquilidad en este lugar tan imprescindible de Florencia, pero es inevitable, el precio a pagar. La pena (egoístamente hablando) es que muchas veces esto dificulta buscar un buen rincón para sacar fotos o pararse un rato, ya que los pequeños empujones son frecuentes, lo que resulta algo agobiante. Y lamentablemente, tampoco tuve ocasión de entrar. Como conté anteriormente, mi visita a Florencia fue relámpago, así que teníamos muchas cosas que ver y muy poco tiempo, así que no pudimos parar con tranquilidad.

Aunque en la plaza destacan de manera especial la basílica, el baptisterio y el campanario, existen varios palacios y edificios que también merecen un rato de nuestra atención. Y seguro que también merece una visita el Museo dell’Opera di Santa Maria del Fiore, donde se exponen varios de los objetos originales de la catedral y baptisterio, y que también tengo apuntado para otra ocasión que visite Florencia con más calma. En definitiva, la Piazza del Duomo de Florencia es un enclave imprescindible en cualquier visita a la capital toscana, en la que uno puede dedicar varias horas para conocer muchos de los rincones y edificios emblemáticos allí ubicados.

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